Muerte en el bosque (Dávila, Amparo)

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Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. «Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo».

Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

«Los amigos esclavizan, hijo».

¡Qué dolor verla amortajada! No podría soportarlo. No abriría la caja, se quedaría sin verla por última vez. Pasaría varias horas solo con su muerta.

No podía cuidarla lo suficiente, teniendo que trabajar, y las criadas… Un hombre alto, flaco, muy serio, vestido de oscuro, sólo podría llevar una mala noticia…

No tenía valor para soportar el golpe y el dolor de una noticia. Porque una noticia es como un puñal que…

Allí se quedaría esperando hasta el último día del mundo. Él iría lejos. Donde no pudiera encontrarlo y decirle nada. Se iría rápido, sin hacer ruido, sin equipaje. Sólo cogió el dinero que tenía guardado en un cajón de la cómoda, la gabardina y el sombrero. Abrió una ventana; resultaba fácil, no estaba muy alto.

Quería hacerle daño, destrozarlo con una noticia terrible, pero él había sospechado al instante y se había escapado… Allí estaría en la sala sentado, muy tieso y muy sombrío, esperando a que bajara, esperando, esperando… cuando se diera cuenta temblaría de rabia, se pondría verde… sería tarde para darle alcance… no sabría nunca la fatal noticia, viviría tranquilo, feliz… ¡había tenido tanta suerte en poder salvarse! Escapándose por una ventana… se había salvado, salvado…

El empleado que despachaba los boletos del ferrocarril creyó no haber entendido, cuando X pidió que le diera un boleto de ida para cualquier parte.

¿Le entristecen los domingos? —Los domingos y todos los días,

¿o es que a usted le gusta la lluvia? —Muchas veces me molesta, claro está, sobre todo cuando hay que salir, pero es tan agradable oírla de noche, cuando ya no hay más ruido que el de ella misma, cayendo lenta, continuadamente, fuera y dentro del sueño…

hubiera gustado tener esa confianza con Jana, esa sencilla intimidad, pero era tan tímida, tan delicada, no se atrevía ni siquiera a tomarle una mano por temor a molestarla,

Necesitaba aire y el aire no alcanzaba a penetrar a través de las celosías,

Qué importancia podía tener ahora el azúcar, las palabras, si todo estaba roto, perdido en el vacío, en el sueño tal vez, o en el fondo del mar, en el capricho de ella, o en su propia terquedad que lo había hecho creer, concebir lo imposible, aquellos meses… todo falso, fingido, planeado, actuado tal vez. Sintió de pronto un enorme disgusto de sí mismo y el dolor de haber sido tan torpe, tan ciego, tan iluso; dolor de su pobre amor tan niño.

Encendió un cigarrillo y miró a Jana como se mira una cosa que no dice nada.

cada vez sentía que era el último paso, su último paso en aquella húmeda noche de otoño; todo fallaba en él, su cuerpo no le obedecía, sólo su voluntad lo llevaba, era ella la que arrastraba al cuerpo;

A cada momento miraba el reloj sobre la chimenea, espiaba las puertas, oía pisadas.

Comenzó a chocarle su voz, el leve beso que le daba al despedirse por las noches, los labios fríos y húmedos, su conversación:

Tienes el aspecto de las mujeres satisfechas

ya no sé cuándo empiezan ni cuándo terminan los días; quiero llorar de frío, mis huesos están helados y me duelen;

si no hiciera tanto frío yo sería completamente feliz, pero tengo mucho frío y me duelen los huesos;

ESTABA comprando el periódico de la tarde, cuando se vio pasar, acompañado de una rubia. Se quedó inmóvil, perplejo. Era él mismo, no cabía duda.

Pensó que los había perdido y experimentó entonces aquella angustiosa sensación, mezcla de temor y ansiedad, que a menudo sufría.

Cuando pasaron por la calle le pareció hermosa. ¿Una hermosa rubia, bien vestida, del brazo de él…?

Con aquel infortunado encuentro su habitual inseguridad había crecido a tal punto que no sabía ya si era un hombre o una sombra.

Conocer su condición de cuerpo, o de simple sombra.

Caminaba bastante cerca de ellos. Era su mismo cuerpo, no cabía duda. La misma velada sonrisa, el cabello a punto de encanecer, el modo de gastar el tacón derecho, los bolsillos siempre llenos de cosas, el periódico bajo el brazo… Era él.

Lilia le había reprochado que nunca le regalaba nada. La había amado durante varios años, cuando era un pobre estudiante que se moría de hambre y de amor por ella.

Las tenía a las dos, las acariciaba, las poseía al mismo tiempo. Y sólo una de ellas lo tenía realmente; la otra vivía con una sombra.

Si yo viniera solamente a dormir, tampoco me importaría, pero como soy la que sufre este cajón estoy decidida a cambiarme, aunque me quede sin comer.

A veces se la quedaba mirando con gran dolor y cierta ternura, así como se contempla la tumba de un ser querido.

—Si no bebiera tanto café, ni fumara, ni me tomara unas copas, no podría mover un solo dedo; no quieres ver que estoy totalmente agotado…